Los registros muestran una disminución de las precipitaciones en forma de nieve desde aproximadamente 2016. El fenómeno coincide con un aumento de las temperaturas medias anuales y de invierno en Tierra del Fuego.

E

l invierno de 2026 dejó en Ushuaia la menor cantidad de nieve registrada desde que comenzaron las mediciones históricas disponibles. El dato comprende junio, julio y agosto y confirma que la escasa acumulación durante la temporada fue un mínimo dentro de una serie de cuatro décadas.

El geólogo e investigador del CADIC, Federico Ponce explicó que el denominado invierno meteorológico se utiliza para comparar registros climáticos y no coincide exactamente con la estación astronómica, que finaliza el 21 de septiembre. “Ese invierno marcó un mínimo en cantidad de nieve caída desde el año 1985, que es cuando la estación meteorológica comenzó a tomar este dato. En 40 años podríamos decir que es el invierno meteorológico que menor cantidad de nieve registró”, señaló.

El resultado se explica por condiciones diferentes durante cada uno de los tres meses. Junio tuvo precipitaciones superiores a la media histórica, pero las temperaturas también fueron anormalmente elevadas, por lo que gran parte cayó en forma de lluvia. Julio presentó el escenario contrario: fue frío, aunque particularmente seco, con muy pocas precipitaciones que pudieran transformarse en nieve.

Agosto volvió a combinar temperaturas superiores al promedio con escasas precipitaciones. “Fueron tres meses con características para que la nieve no caiga y se acumule”, resumió Ponce. Esa sucesión de condiciones terminó conformando un invierno excepcionalmente pobre en acumulación nival.

El investigador advirtió que el mínimo de este año se inscribe en un comportamiento que comenzó a observarse antes. “La cantidad de nieve caída aproximadamente desde el año 2016 está disminuyendo año tras año, y eso se ve principalmente después del año 2020”, afirmó. En los últimos cinco o seis años, indicó, la tendencia fue descendente y 2026 quedó incluso por debajo del mínimo anterior de ese período.

Ése descenso coincide con un incremento de las temperaturas medias anuales y también de las registradas durante el invierno. Ponce vinculó ambos comportamientos con un calentamiento atmosférico que se observa en el sur de Tierra del Fuego, en Patagonia y también a escala global. Sobre estudios realizados en glaciares desde aproximadamente 2011, recordó un aumento térmico del orden de 0,7 a 0,9 grados, aunque aclaró que el dato preciso debía ser revisado.

La relación entre menos nieve y temperaturas más altas empieza a manifestarse directamente en los ambientes de montaña. Ponce explicó que los glaciares necesitan que la nieve se acumule durante sucesivos inviernos y que parte de ella sobreviva al verano para transformarse progresivamente en hielo. “Si tenemos pocas nevadas, poca cantidad de nieve en invierno, y encima los veranos son relativamente cada vez más cálidos, entonces estos glaciares no están teniendo casi alimentación”, sostuvo. En el sur fueguino, se trata de glaciares pequeños ubicados en las partes más altas de las montañas y particularmente sensibles a las variaciones térmicas.

El aumento de las temperaturas tiene además otro efecto. “Estamos viendo que este incremento de temperatura que observamos durante los últimos diez años afecta de forma rápida porque incrementa la velocidad de retroceso de los glaciares”, explicó Ponce.

Los cambios también alcanzan al ambiente periglacial, donde parte del agua permanece congelada dentro del suelo de manera estacional o permanente. Durante una primavera fría, ese hielo se derrite lentamente y alimenta por más tiempo los ríos y arroyos de montaña. Con menos nieve acumulada y primaveras más cálidas, disminuye la cantidad de hielo disponible y el agua se libera con mayor rapidez. “Ahora el tiempo de alimentación de estos arroyos es más breve”, explicó el investigador. De mantenerse las condiciones observadas, las zonas capaces de conservar hielo tenderán además a ubicarse cada vez más arriba en la montaña.

A medida que las temperaturas aumentan, cambia el lugar donde esas reservas pueden mantenerse. Las condiciones de frío necesarias para conservar hielo se encuentran a mayor altura, por lo que las zonas más bajas acumulan cada vez menos durante el invierno. “Todo ese ambiente periglacial está migrando, se está moviendo altitudinalmente, es decir, hacia arriba”, describió el geólogo. Ese desplazamiento implica una reducción del área capaz de conservar hielo, ya que la superficie disponible disminuye a medida que se asciende en la montaña.

Ponce señaló que todavía resulta difícil cuantificar ese deterioro, ya que el hielo subterráneo es mucho más complejo de medir que un glaciar expuesto en superficie. Por eso consideró fundamental continuar siguiendo la evolución del clima. La tendencia de los últimos años muestra una transformación concreta en las montañas fueguinas, aunque su alcance futuro permanece abierto, si las actuales condiciones se sostienen, el ambiente capaz de conservar hielo quedará cada vez más alto y sobre una superficie menor.