En noviembre de 1946, durante los primeros meses del gobierno de Juan Domingo Perón, llegaron a Tierra del Fuego los primeros 20 castores provenientes de Canadá. El Ministerio de Marina de la Argentina había encargado la importación de estos roedores con el objetivo de enriquecer la fauna autóctona e impulsar la industria peletera.
El encargado de recoger a los animales fue el piloto canadiense Tom Lamb, quien recibió el pedido de colectar unos 50 ejemplares pero logró reunir apenas 20: 10 machos y 10 hembras. Los recogió en la provincia de Manitoba, en las proximidades del lago Moose, en septiembre de 1945. Un año y dos meses después, los castores llegaron a las inmediaciones del Río Claro, en la Isla Grande de Tierra del Fuego.
Según el clásico noticiero Sucesos Argentinos, que se proyectaba en los cines antes de las películas, los 20 castores realizaron "un extraordinario viaje aéreo desde Moose Lake, en Manitoba, Miami, Río de Janeiro y Tierra del Fuego". El informativo registró la llegada de los animales con un lenguaje optimista: cuando los castores fueron soltados, la voz narraba "Ya están en libertad ¡Feliz y ansiada libertad!".
El costo total de la operación fue de $120.000, unos $6000 por cada ejemplar. Según cálculos del especialista en Historia Económica Argentina Julio Djenderedjian, esa suma equivalía a US$29.951 al cambio de septiembre de 1945, lo que representa unos US$1496 por cada castor. Actualizado por la inflación estadounidense, correspondería a US$27.272 actuales por ejemplar, o US$545.522 en total.
Lo que en 1946 se celebraba como un "cándido acontecimiento" se convirtió con el tiempo en lo que hoy se denomina una especie exótica invasiva. Sin depredadores naturales como lobos grises u osos, los castores se multiplicaron exponencialmente: hoy hay entre 100.000 y 150.000 ejemplares en el territorio argentino de la isla, y unos 300.000 si se suma el sector chileno.
Estos roedores, los segundos más grandes después del carpincho, talan árboles para alimentarse y utilizar ramas y troncos en la construcción de diques donde colocan sus madrigueras. Una investigación de la Facultad de Agronomía de la UBA calculó en 2017 que en la porción argentina de Tierra del Fuego habían construido unos 70.000 diques. Estas estructuras alteran los cursos de agua, producen inundaciones y afectan a otras especies de la zona, causando graves daños en los bosques nativos de lengas, guindos y ñires.





